«Si alguien ofreciera tu cuerpo a un desconocido por la calle, te enfurecerías. Y sin embargo, ofreces tu mente a cualquiera para que abuse de ella, dejándola perturbada. ¿No te da vergüenza?» — Epicteto

Lejos de ser un callejón sin salida, las adicciones se despliegan ante nosotros como un complejo laberinto, aunque dotado de una vía de escape.

A menudo se cree que las adicciones están ligadas estrechamente a las sustancias o comportamientos, como si estas tuvieran un imán irresistible.

Correlación no implica causalidad.

Pero, profundizando más, descubrimos que la raíz del problema no es la sustancia o el acto en sí, sino una creencia muy arraigada, una narrativa que hemos tejido a lo largo de nuestras vidas.

La adicción se alimenta de la idea errónea de que hay un escudo entre nosotros y nuestra angustia psicológica, y ese escudo parece encontrarse en las mismas cosas que nos esclavizan.

Como un espejismo en el desierto, promete refugio y alivio, pero al llegar, solo encontramos más desierto.

Imagina por un momento esa angustia psicológica como una tormenta.

A todos nos asustan las tormentas al principio; el trueno, el relámpago, la sensación de vulnerabilidad.

Las adicciones prometen ser nuestro paraguas, nuestro lugar seguro.

Pero con el tiempo, este paraguas se convierte en una jaula.

Nos protege de la lluvia, sí, pero también nos impide ver el sol, sentir el viento en nuestra cara y, lo más importante, nos impide aprender a bailar bajo la lluvia.

La verdadera protección no viene de evadir la tormenta, sino de enfrentarla, de entender que la lluvia, por más fuerte que sea, pasará.

Me decía una profesora de mindfulness que «para bien o para mal todos los estados mentales son momentáneos y transitorios, no infinitos»

Necesitamos desaprender esa idea de que necesitamos un escudo externo para enfrentar nuestras batallas internas.

Este proceso de desaprendizaje no es sencillo.

Exige de nosotros paciencia, comprensión y, fundamentalmente, una gran dosis de valentía.

Y no me refiero exclusivamente a la dependencia de substancias; entran en esta categoría igualmente el teléfono, la televisión o incluso el hábito de morderse las uñas.

Cada uno de nosotros experimenta fluctuaciones en el estado de ánimo, pequeñas ondulaciones en el mar de nuestra cotidianidad que, de manera casi instintiva, buscamos equilibrar, recurriendo a lo que podríamos llamar una automedicación inconsciente.

En este juego de equilibrios, el ser humano no se distancia del resto del reino animal; compartimos la necesidad de mitigar el sufrimiento, de buscar el placer, de satisfacer las funciones vitales y de anhelar seguridad.

Y más allá, buscamos conectar, encontrar un propósito que dé sentido a nuestra existencia, demostrar competencia en nuestras acciones y, sobre todo, aspiramos a comprender el mundo que nos rodea.

En el centro de este laberinto de adicciones o formas de automedicación, más allá de la angustia y el miedo, hay luz.

Y esa luz eres tú, con la capacidad de enfrentar la tormenta, de desafiar esa narrativa antigua y de reescribir tu historia.

Las adicciones no te definen; lo que te define es tu valentía para enfrentarlas y superarlas.

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