Una cosa me enseñó mi psicoterapeuta hace muchos años que resume esta cita:

«Una situación traumática inhibe las sinapsis en el hipocampo pero las estimula en la amígdala. La consecuencia es que pueden revivirse los síntomas somáticos del hecho (agitación) sin recuerdo consciente narrativo (no sabemos por qué)» — Joseph Le Doux.

Aunque desde Descartes la creencia occidental hace la distinción, mente y cuerpo son distinguibles pero inseparables.

Se entrelazan en una danza compleja que define nuestra existencia.

Valorar cualquier pensamiento sin atender a las emociones y sensaciones físicas es como pretender ser director de orquesta prestando atención solo a los violines.

El «bienestar» llegará al trascender los pensamientos positivos.

Debes sumergirte en la profunda comprensión de tus emociones y cómo estas se tejen con las experiencias y percepciones del mundo.

Porque son nuestras emociones el espejo de nuestra biología y experiencias.

Filtradas a través de nuestros pensamientos y creencias.

Aprender a escuchar las señales internas de nuestro cuerpo, la interocepción, es fundamental para conocernos mejor y enfrentar la vida con mayor eficacia.

El momento en el que respetas y entiendes tu cuerpo, se abre la puerta a una salud mental y emocional más robusta.

Esto no solo fortalece nuestra identidad y bienestar, sino que también nos impulsa a vivir con mayor atención, compasión y autenticidad.

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