Aparece Internet y pasamos de ser agricultores de ideas a cazadores frenéticos de información.

Hemos visto transformada profundamente nuestra relación con el conocimiento.

Antes las ideas florecían con tiempo y paciencia. 

Ahora parece que solo atrapamos datos al vuelo.

Priorizamos la velocidad y eficiencia.

Sufrimos indigestiones de información.

No comprendemos.

Para colmo, simplificamos complejidades en meros indicadores emocionales.

¿En qué bando estoy? ¿Me siento indignado? ¿Quién es el malo? ¿Para qué sirve esto?

Nos surge la necesidad de replantearnos cómo interactuamos con la información.

Porque nuestro mundo nos demanda procesar más información que nunca.

¿Dónde encontraremos ese equilibrio?

De no hacerlo, nos convertimos en papagayos repitiendo los discursos de los políticos o las redes sociales.

Dice Byung-Chul Han:

«Si el sueño representa el punto culminante de la relajación corporal, el aburrimiento profundo es el punto culminante de la relajación mental. Una carrera puramente agitada no produce nada nuevo. Reproduce y acelera lo que ya está disponible»

A mi juicio y experiencia, son nuestras rutinas vespertinas el refugio perfecto.

El verdadero conocimiento (quizá solo) puede florece en estos momentos de quietud.

Así que tengo una (mala) noticia.

¿Estás en disposición de reconsiderar tu tiempo de ocio?

¿Mostrar mayor compromiso con el conocimiento?

¿Renunciar a la abundancia de información?

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