El ser humano es un animal de hábitos, y no hablo de los que te llevan al gimnasio.

Hablo de esos hábitos emocionales, las expectativas y emociones que ponemos en marcha sin ni siquiera darnos cuenta.

Aquí viene la trampa: estas emociones nos empujan a buscar situaciones y compinches que nos devuelven el eco exacto de lo que queremos escuchar.

Es un bucle.

Te metes en una burbuja donde todos asienten, todos comparten ese meme que confirma tus miedos o tus ilusiones, y salir de ahí es como intentar dejar el café a las 8 de la mañana de un lunes: una misión casi imposible.

Aquí las redes sociales, este circo del siglo XXI, es el altavoz perfecto para este eco.

Te encuentras atrapado en un bucle de discursos reciclados, victimismo digital y una alimentación constante de expectativas y emociones que hacen que te sientas entendido, pero no necesariamente mejor.

Vivimos buscando ese «sí, sí, tienes toda la razón» digital, sin pararnos a pensar si realmente estamos avanzando o simplemente girando en un carrusel emocional que nos mantiene estancados.

Hay muchos ejemplos: ¿Evitas conflictos como si fueran una plaga? ¿Necesitas un ‘me gusta’ para sentir que vales? ¿Te machacas por cada error? ¿Te quedas en relaciones que te hacen polvo?

En resumen, el aprendizaje es que las personas acabamos buscando ambientes que confirmen nuestros estados afectivos.

Estos hábitos, por muy arraigados que estén, no te definen. Son como un software obsoleto.

No necesitas vivir en un bucle de confirmación, buscando ecos que solo refuercen tu visión limitada del mundo.

Probablemente no te sientas preparado para romperlo, porque la atención no consciente está sesgada. Por definición, recoge información del entorno que ya conoce, que le es familiar o que está en sintonía con su estado afectivo. 

Pero yo te desafío: rompe ese bucle.

Puedes llevar un diario, meditar, practicar la gratitud o hacer un ayuno mental de Internet.

Hagas lo que hagas, sal de la comodidad de la burbuja que te dice lo que quieres escuchar.

Es hora de buscar esos ‘no’ que te hacen crecer, esos debates que te sacuden las neuronas, esas opiniones distintas que te obligan a mirar más allá de tu ombligo.

Porque al final, si no te incomodas, no evolucionas.

Y quedarte estancado en el mismo lugar emocional es como querer correr una maratón atado a un poste. Imposible, aburrido y, sinceramente, una pérdida de tiempo monumental.

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