Soy una persona bastante introvertida.

Siempre he vivido con tendencia a buscar refugio en mis pensamientos.

Durante mucho tiempo, la noche y la música eran mi mi escape momentáneo.

Pasaba horas de madrugada con mi iPod escuchando canciones para dar sentido a lo que sentía.

Pero al despertar cada mañana, la realidad se reinstalaba, intacta, como si el refugio nunca hubiera existido.

Era un oasis mental que, al final, no dejaba más que huellas en la arena.

A lo largo de la vida, nos movemos por distintos escenarios, cada uno con sus desafíos y secretos para sobrevivir.

Este juego de supervivencia se traslada también a nuestras emociones.

En un desierto, por ejemplo, es vital entender el entorno para sobrevivir.

Observar cómo la naturaleza se adapta y aprender de ella es esencial: calor extremo por el día y frío por la noche.

Esta misma lógica debería aplicarse a nuestras emociones.

Enfrentarlas sin estrategia es como intentar beber agua con las manos en un desierto: un esfuerzo vano y, francamente, ridículo.

Por instinto, sabemos que necesitamos una cantimplora para beber agua.

Entonces, ¿por qué abandonamos este principio básico cuando se trata de gestionar nuestras emociones?

Nos perdemos en el piloto automático, intentando dominar nuestras emociones de maneras que no tienen sentido.

Cada emoción, como cada escenario de supervivencia, tiene su naturaleza y reglas.

Deberíamos interpretarlas como mensajes que necesitamos comprender, en lugar de amenazas que debemos combatir.

Yo siempre digo que la inteligencia emocional, es precisamente eso: emocional.

Por muchos cursos o libros que leas, tu cerebro, ese artista callejero de tu psique, ya posee esta habilidad.

A través de las emociones, mapeadas en el cuerpo, nos muestra lo que realmente necesitamos en cada momento, adaptándose y respondiendo al entorno.

Así, cada emoción que experimentamos es una pista, un camino hacia ese equilibrio que todos buscamos.

Miedo: nos induce a alejarnos de peligros.

Ansiedad: nos induce a anticipar y evitar amenazas potenciales.

Culpa: nos induce a reflexionar si hemos hecho algo mal y cambiarlo.

Ira: nos energiza para luchar o defender algo.

Tristeza: hacer introspección para analizar lo que ha ido mal.

Fatiga: dejar de gastar energía y/o cambiar de tarea.

Etc.

Darwin ya lo intuía: nuestras emociones tienen un propósito vital en nuestra supervivencia.

Antes de intentar controlar tus emociones precipitadamente, hazte la pregunta clave:

¿En qué entorno me encuentro?

¿Cuál es la mejor estrategia para adaptarme a esta emoción?


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