¿Con qué frecuencia te aseguras de que tu teléfono tiene suficiente carga?

¿Con la misma frecuencia con la que controlas tu cuerpo?

Amos Tversky, genio de la psicología, una vez soltó una verdad que se me quedó grabada:

«El secreto para hacer una buena investigación es siempre estar un poco subempleado.

Desperdicias años al no poder desperdiciar horas»

Va totalmente en contra de esa obsesión moderna por ser ultraeficientes.

Di cuenta cómo el caos mental iba en aumento cuando intentaba exprimir cada minuto.

Cada momento para pensar, divagar, o dejarme llevar por curiosidades que no llevan a ningún lado, curiosamente, abren puertas a ideas brillantes.

Estar en modo «siempre ocupado» es agotador.

Y además es jugar con fuego a nivel neurológico.

El estar ocupado es a menudo una excusa para la incomodidad de estar solo con tus propios pensamientos.

Esa constante búsqueda de más, de hacer más, de ser más, no hace más que sumergirnos en un mar de estrés y distracciones.

Llegó entonces una revelación para mi.

Mirando a aquellos a quienes realmente admiro, me topé con un secreto a voces.

El verdadero juego en la vida cambia cuando aprendes a descansar.

No hablo solo de dormir bien.

Sino de esas pequeñas o grandes cosas que nos recargan.

He encontrado que hay descansos de todo tipo.

Los hay sociales, como cocinar algo rico en casa; mentales, como esa meditación que tanto postergamos; o sensoriales, como escaparse al parque más cercano.

He aprendido, a veces a las malas, que parar no es una opción, es una necesidad.

Y de todas las prácticas que he incorporado en mi vida, la gratitud es la que tiene el lugar especial.

Es esa pausa para apreciar lo que hay, lo que se ha logrado, lo que se comparte, y transforma cualquier día gris en algo un poco más brillante.

Así que aquí va mi consejo.

Uno que me he dado a mí mismo más veces de las que puedo contar. 

Planifica esas pausas.

No como quien planifica una reunión más, sino como quien se regala un momento de recompensa.

No hay que esperar a estar exhausto para darse permiso de parar.

La clave está en hacer del ‘no hacer’ una parte más de nuestro día a día.

Son esos momentos de pausa los que nos permiten disfrutar de todo lo demás.

Al igual que tu smartphone, tú también eres una máquina extraordinaria que necesita tiempo para recargarse.

Desconecta, relájate y encuentra tus propios enchufes.

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